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Rosendo, mi hermano, y sus guitarras

Es corriente que cuando preparan la ficha promocional de algún recién llegado al estrellato o aspirante a él, el biografo de turno adjudique al interesado puntos en deportes en los que no ha estado federado y en ligas en las que nunca ha competido. También suelen aliñarse estas ensaladas biográficas con momentos clave que “marcaron profundamente” el destino del artista.

Normalmente no puedo hacer sino reirme de la tontería de que la gente sea tan consciente de qué y cuando le marcó algo. Entre otras cosas porque sólo con el tiempo afloran las influencias recibidas y la propia consciencia de su existencia. Si algo te impacta, por supuesto es algo que percibes en ese momento, pero de ahí a que te marque hay un trecho largo y no es lo mismo que un fogonazo te deslumbre (que es lo lógico) a que te produzca ceguera o que sea la causa de una pérdida de visión paulatina. Lo primero es un impacto, lo segundo es una marca profunda y con consecuencias.

Además de estos curriculum vitae artísticos que “con algo tienen que llenar” para que  quien se promociona no parezca un chaval normal salido de un barrio normal con una vida normal y un entorno normal, están los adoctrinamientos para que el glamour proyectado desde la hoja promocional no lo pulverice el interesado a las primeras de cambio en una entrevista. Y así resulta rara la entrevista en la que no nos enteramos de qué fue lo que marcó la vida de alguien. Ya es un lugar demasiado común y prefabricado que acaba dando risa.

Toda esta intro viene a cuento de que me llegó una fotografía de Rosendo con una guitarra construida por mi hermano y eso me “regaló” un viaje de 30 años en el tiempo.

1979, recién estrenada una mayoría de edad que a toda mi generación nos había sido regalada por una constitución que no pude votar porque hasta entonces mis 18 años y unos días no lo permitían legalmente, y una libertad increible que me daba el hecho de estar estudiando fuera de casa alojado en una pensión que tenía varias plantas y en la que sólo sabían de ti cuando pasabas por el comedor que estaba en la primera (si pasabas).

Fue un año para descubrir la música en vivo fuera de casa, más allá de los grupos que venían a las fiestas o discotecas locales. Y, además, una época en que  el rock en España comenzaba a resurgir asomando la cabeza tras un largo destierro. Ibamos a conciertos de todo tipo, todo servía para disfrutar y para alimentar nuestras insaciables ansias de conocer, aún no estaban definidas y mucho menos enfrentadas las “tribus” musicales, todo nos interesaba.

Ese año fue muy especial y pasé de ver en directo en Madrid a un Mike Oldfield al que sólo conocía por la sintonía de un informativo semanal a ver a The Stranglers, Eddie & The Hot Rods y The Bishops en Bilbao. Y antes de que terminase el verano, también viajando a dedo -pero esta vez en lugar de ir sólo me acompañaba mi amigo Chema- estuvimos en Barakaldo en un festival que duró toda la noche (gaupasa lo llaman por allí). Fue un día de sorpresas, y la primera fue coincidir con un montón de peña de Brivi (Tristemente al menos al 80% de ellos el caballo no les ha permitido vivir para recordarlo), y la segunda fue lo ecléctico del cartel del festival, algo impensable hoy en que las audiencias -como  tribus- están muy segmentadas.

Allí pudimos disfrutar desde el rock progresivo de Itoiz, la macarrada punkarra de La Banda Trapera del Rio, el delirante espectáculo de Cucharada, o el rock primitivo y vitalista de Moris -entre otros muchos- para terminar viendo amanecer envueltos por las oleadas sonoras de los sintetizadores de Neuronium. Y ya fuese brincando en primera fila delante del escenario o tumbados en la hierba del campo de futbol disfrutábamos de todos ellos.

Menos de dos meses después Chema y yo repetíamos la experiencia, esta vez en el Polideportivo de Mondragón y por primera vez motorizados (aún no se como me dejó mi padre el coche). Ese fue el día que mi hermano -que entonces tenía 16- conoció a Rosendo. Yo también vi a Leño por primera vez, pero está muy claro que esta experiencia resultó muy diferente para ambos hermanos.

Para mi fue otro de los muchísimos conciertos que he disfrutado, con lo que en aquellos momentos era lo más destacable del resurgido rock nacional: Leño, Topo, Cucharada, Coz,… pero ahora mismo no tengo dudas de que para mi hermano fue mucho más. Con el tiempo su admiración por Rosendo y su afición a la guitarra fue creciendo en progresión geométrica y, aunque en su grupo tocaba el bajo, también lo hizo su dominio y dedicación a ese instrumento.

Volvió a tener un encuentro con Rosendo y esta vez no fue como mero espectador sino teloneándole con su grupo durante la gira de 1987 cuando ésta recaló en nuestro pueblo. Una rotura de ligamento cruzado anterior en una pachanga futbolera entre peñas me impidió ver aquel día a Rosendo y, por supuesto, a mi hermano. Lo más irónico es que fuí yo quien diseñó el cartel para aquel concierto al que finalmente no pude asistir.

Esta segunda coincidencia, teloneando a quien es tu ídolo, supongo que reforzó aún más el vínculo que ya se había iniciado años atrás con aquel nacimiento al rock de un “chavalín” de la mano de Rosendo y sus míticos Leño. No se si aquel primer impacto se transformó en pasión o si pensar que llega a rozar la obsesión porque…

Unos años después, a finales del 2009 me encuentro con una foto en la que Rosendo tiene en sus manos una guitarra completamente realizada por mi hermano. Siempre pensé que aquella obra de artesanía que había salido de las manos de mi hermano estaba destinada a ampliar su colección de guitarras al lado de las Stratocaster, Telecaster, Les Paul, Takamine,.. pero la única guitarra que ha hecho, y quien sabe si la única que hará en toda su vida, tenía un destinatario: Rosendo.

Es acojonante que yo haya vivido todos estos momentos y no haya sabido percatarme del poso que dejó en mi hermano aquel primer concierto de rock al que yo mismo le llevé. La próxima vez que oiga a alguien hablar de aquello que tanto le impactó y marcó en su juventud igual no me rio asumiendo que es un mero truco publicitario como hasta ahora tenía por costumbre.

¿Será casualidad que mientras escribo esta entrada esté escuchando un concierto de Rory Gallagher en Madrid en 1975 -que compartiré probablemente mañana- y en el que apostaría que Rosendo (admirador declarado del irlandés) estuvo presente?

  • No es que estuviera presente, es que tenía la entrada nº 1

    joa

    16 octubre 2011

  • Seguro, y si no estaban numeradas fijo que estaba en primera fila.

    txomin

    16 octubre 2011

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